Mis años maravillosos (I)

El 6 de julio de 2010, Luiz Bravo puso una sencilla pregunta en Facebook: ¿Quien jugó fútbol en la calle?

Todo eso me hizo recordar mis juegos de chiquito, allá a principios de los noventa, y cómo me divertí tanto en aquella época en la que las crisis estaban extintas, o al menos no conocía de ellas.

Corría el año de 1991. Yo tenía apenas seis años de edad. No recordaba más allá de 3 kilómetros a la redonda de mi Barrio Loma Verde de esa gran ciudad que yo, como muchos otros, llaman Managua.

Yo venía de un lugar distinto. Después de tres años de pasar en el extranjero, cuando mi familia decidió emigrar a Estados Unidos buscando mejor vida, regresé en 1989 con mi madre y mi hermano, directo a casa de mi abuelo, en un barrio con calle de tierra y que años más tarde Doña Violeta Barrios de Chamorro, presidenta de Nicaragua durante el primer lustro de la década, inauguraría una calle adoquinada. Entre mis primeros recuerdos está, cabe mencionar, mis jornadas de trabajo voluntario con los obreros de la calle. Acompañado de la mayoría de los chavalos del barrio, nos poníamos a colocar los adoquines sobre la calle, alineándolos y subiendo de vez en cuando, como para divertirnos, las montañas de arena. Fue en esos labores donde a mi hermano se le cayó por primera vez la uña de un dedo. La segunda sería por mi culpa, cuando persiguiéndome en uno de los pleitos eternos que teníamos en la casa, cerré una puerta detrás de mí, quedando su dedo atajado entre el marco y esa pared movible de madera mientras me perseguía.

Por esa época, yo estaba iniciándome en el sistema educativo formal, específicamente en el Preescolar Berta, a quien cariñosamente se le llamaba Doña Bertita, a pesar de ser extremadamente alta (solía compararla con mi madre, a quien yo veía inmensa pero que ahora supero en altura). Ella solía tocar el piano todos los lunes cuando cantábamos el himno nacional, entre dos pinos inmensos y con un carro por adorno en el garaje del preescolar. Por ese entonces, teníamos por juegos escolares un columpio sarroso, unas mesas que utilizábamos como escondite cuando jugábamos Las Tortugas Ninjas (yo siempre fui Michelangelo. Siempre me parecieron interesantes los chacos, hasta que probé unos en la vida real y me dejaron un perturbador recuerdo en la frente, hombro, y espalda), y un resbaladizo del cual resultaba más interesante subir a él que bajarse. También había un árbol de almendra en el patio trasero, y el piano. Ese famoso piano que todos llegamos a tocar alguna vez entre escurridizas escapadas de la clase y distraídos momentos de Doña Berta. Enfrente, los dos inmensos pinos nos daban una buena sombra, y solíamos jugar con sus frutillas cada vez que salíamos a recreo.

Pero mis juegos de niñez fueron otros, no los del preescolar Bertita. Esos los recuerdo, porque debo recordarlos. Mis juegos fueron los carritos, las bicis, la guerra de agua, arriba, el tiburón, el escondite, la muralla china, beis y futbol, entre otros.

Recuerdo que de chiquito, empecé jugando a los carritos con tres vecinos que tenía. Erick, Uriel y otro chavalo cuyo nombre no recuerdo porque la memoria me hizo olvidarlo después que emigró a Estados Unidos con su mamá. Él vivía en una casa minifalda, dentro de un taller de camiones. Erick era el vecino que tenía por perra a la Yuma, una gran danés que terminó muriéndose infectada de garrapatas. Nunca pensé que recordaría eso, y es que mis perros luego se llenaron de los parásitos esos y hubo que fumigar toda la casa y las vecinas. La Yuma era preciosa, cabe decirlo. Era una mezcla entre gran danés y doberman. Era color pardo, y solía ser una fiel obediente de su amo, quien nos amenazaba siempre con su perra. Recuerdo, incluso, que algunas veces salíamos todos a pasear con la Yuma, como si fuera la macota de todos. Y es que, en cierta forma, lo era.

Yo jugaba la perrera en la calle de mi casa, aunque por lo general lo que más jugábamos era janbol (handball), o béisbol a mano, es decir, con una pelota de tenis y el brazo por bate.

Recuerdo que en una ocasión llegó una señora del barrio vecino (Miraflores) a pedirnos si queríamos jugar con su hijo (a él le daba pena pedirnos si podía jugar), y terminó volviéndose un buen amigo, hasta que traicionó a William o Chepe (no recuerdo quién de los dos fue) robándole la novia, y entonces se volvió traido del barrio Loma Verde.

Después, cuando jugábamos futbol, pasaba un tortillero de nombre Henry que siempre se quedaba a jugar con nosotros, y le decíamos “Tortilla”. ¡Era bueno el flaco! El maje se hizo broder, hasta que el barrio terminó desintegrando esa unidad que teníamos, porque todos crecimos. Y nos volvimos viejos. A Henry me lo encontré a mi regreso a esa casa de Loma Verde, hace poco, fungiendo ahora como el cuidador del barrio. El CPF, como les dicen aquí, en alusión a los guardias de seguridad de los ochenta, que se les llamaba Cuerpos de Protección Física (CPF).

Todo eso hacíamos, entre otras cosas como andar en bicicleta por el barrio, en pandilla, jugar la guerra de agua con la manzana vecina, que por cierto dejamos de jugar el día que todas nuestra mamás salieron con escobas para que barriéramos las bolsas que cubrían, literalmente, la calle. También jugábamos arriba, el escondite, el tiburón, pero eso lo dejamos de jugar cuando encontramos otras formas de entretenimiento, como cuando nos agarrábamos todos las manos en cadena y nos pegábamos de un poste eléctrico, por un lado, y de un cable, por el otro, y todos nos reíamos cuando sentíamos la electricidad pasar por nuestro cuerpo.

Ahora que volví, ya no encontré nada de eso. Ahora solo encontré un burdel frente a mi casa, que un taxista una vez me dijo que le decían “onde el chino”. NO quiero preguntar cómo se dio cuenta él que así le decían, pero al menos eso es lo único que sé de ese lugar. También está la esquina, un bar berrinchudo (en el más amplio sentido de la palabra), que intenta rescatar los vestigios de lo que otrora fuera el Bar Restaurante La Praviana, famoso tal cual El Münich (o Miunich),  que ahora es un templo más de los Pare de Sufrir.

A pesar de todos, no puedo negar que disfruté de mis juegos de infancia, como muchos otros que no mencioné. Habrán cosas que se escapan de mi memoria, por el momento, pero no importa. Después de todo, para eso hay más tinta (o mejor diría, en estos casos, más bases de datos).

Publicado por

Rodrigo Rodríguez

Sociología. Comunicación social. Entusiasta TIC (adicto y paranoico). Activista del #SoftwareLibre. #BerenjenaLover. Cleterx. Me gusta desarmar cosas.

4 comentarios sobre “Mis años maravillosos (I)”

  1. Hola Rodrigo….. si que son buenos momentos esos… recordé muchas carreras por esas calles…. por cierto… yo tambien viví en loma verde…. enfrente de donde los Lanza…. que tenian casi por completa una manzana para ellos….

  2. Hola Roro!!!
    Me encantó tu escrito. La verdad es que siento con vos. Yo también me recuerdo muy bien de mis tiempos jugando en la calle con los vecinos, sin preocupaciones ni nada… que buenos tiempos!! Creo que cuando a mis pelones les toque venir al mundo, voy a ensenyarles la importancia de jugar en la calle 🙂 Y ciertamente, que de mi bello horizonte (mi barrio), quedan solamente los mismos hoyos en las calles que salen con la lluvia 😀 Mucha gente se ha ido, o mejor dicho, solo unos cuantos se han quedado.
    Un abrazo, roro!!!!!!!!

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