El taxista

Las calles de Managua, al anochecer, son como las calles de cualquier pueblo, no importa su tamaño. Los perros deambulan por las calles como Pedro por su casa. Y así como los perros, deambulaba aquel taxista recogiendo posibles víctimas de un accidente de tránsito, entre otras catástrofes que puede esperarte la historia serena.

Aquella noche pretendía ser la misma: las calles desiertas, las casas fantasmas y los perros compitiendo con la infinita cantidad de taxis no disponibles para hacer el viaje por el lado oeste de la ciudad. Hay algunos aventureros que, sin vida que les importe, sin nada que perder, echan cualquier viajero y hacen cualquier viaje como si fuera el último. Esas son las personas que uno suele reconocer como verdaderas: las que viven sin preocupaciones, manteniendo el presente como frente de guerra, dispuestos a morir contra el tiempo hacedor de la historia, en el segundo más próximo que pueda herir su existencia. Aquel taxista era mucho más que esas personas, pues no solo se ganó mi respeto, sino también mi miedo.
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