Mi primer acoso

Mi primer acoso ocurrió cuando estaba en preescolar, a principios de los noventa.

En ese entonces, si no jugábamos las Tortugas Ninjas o el anda-anda en el patio, nos escondíamos en el recreo debajo de las mesas donde jugaban las niñas y les levantábamos las faldas. En respuesta, ellas nos pateaban o golpeaban con unas escobas de esas para jugar a la casita -porque cada quien asumía perfectamente su rol impuesto- hasta que llegaba la profe a sacarnos. Tenía yo como 4 o 5 años.

Luego de eso, estoy seguro que en mi adolescencia más que alguna cosa le habré dicho a las chavalas que veía pasar en la calle, en mi adolescencia o cuando estaba con los broderes del barrio. La presión social, dirían algunos, pero igual no justifica lo que hice/dije a una que otra mujer, que probablemente me habrá visto con cara de “y-vos-tan-chiquito-qué-vas-harías-conmigo-si-te-hago-caso”.

Pero la verdad es que nunca me nació eso de decirles cosas a las mujeres. No por respeto, sino porque me daba pena. Tal vez por eso mi acoso ha sido fundamentalmente visual, pues confieso que he desnudado con la vista a más de alguna maje guapísima que pasa frente a mí en el bar o la calle, procurando la mayoría de las veces que no se de cuenta ella o quienes están a mi alrededor.

También he sufrido acoso, en diferentes escenarios y tanto de mujeres como de hombres, pero no tan graves como las cosas que he escuchado de amigas y conocidas.

Hoy en día, agradezco esa pena que no me permitió gritarles cosas feas a las mujeres. Esa pena -y algunos cientos de horas de capacitación- me han hecho percatarme de que no somos perfectos, que erramos, pero que también podemos ser mejores.

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Conocé más sobre la campaña #MiPrimerAcoso aquí.

¡CUIDADO! #ObispoMata

Me he mantenido distante del debate sobre la Ley 779 no porque esté en contra de la propuesta, tampoco porque esté de acuerdo. Simplemente no he tenido tiempo de leer las noticias y artículos relacionados al respecto, ergo, ni siquiera me he formado una opinión al respecto.

Sin embargo, algo que leí y que nadie en su lógica de ser humano, cristiano o no, puede dejar pasar, son las declaraciones del Obispo Mata sobre dicha ley comparada con el anticristo.

Detengámonos un momento acá: pensemos la frase anterior desde una perspectiva de análisis de la religión católica, no desde nuestras creencias.

No es cuestión de creer en la religión o el anticristo y lo que significa esto para el catolicismo. No. Es cuestión de la magnitud de la comparación, independientemente del sistema de creencias en el que nos encontremos.

Entonces hagamos una pregunta válida, si queremos realmente comparar situaciones:

¿Es la ley 779 REALMENTE tan grave para el sistema de justicia -pensemos por un momento que nuestro sistema de justicia es bien aplicado, sólo para ejemplificar esto- y el ejercicio de los derechos humanos en nuestro país, como para compararla con el significado del anticristo, entendido desde una visión cristiano-católica como un adversario decisivo del hijo de Dios (ese ser invisible, omnipresente, todopoderoso que controla y decide nuestro destino)?

En serio… ¿en realidad es tan grave?

Olvidemos lo anterior y reformulemos la pregunta:

Si la ley 779 se aplica tal y como está ahorita -pensemos de nuevo en el sistema de justicia que imaginamos arriba-, ¿disminuirá la violencia hacia la mujer? ¿Realmente existirá aumentará la violencia hacia el hombre? ¿REALMENTE?

Does it matters?

El caso es que la violencia hacia la mujer (la palabra, sinceramente, se queda corta) va en aumento y si no hacemos algo al respecto, nos convertiremos en el Obispo Mata víctimas de nosotros mismos.

Que terrible se debe sentir, sinceramente,  saber que tenés que tener miedo sólo por el hecho de existir. ¿En realidad queremos eso?

…córtese y píntese y comparta, por favor:

ObispoMata

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