El taxista

Las calles de Managua, al anochecer, son como las calles de cualquier pueblo, no importa su tamaño. Los perros deambulan por las calles como Pedro por su casa. Y así como los perros, deambulaba aquel taxista recogiendo posibles víctimas de un accidente de tránsito, entre otras catástrofes que puede esperarte la historia serena.

Aquella noche pretendía ser la misma: las calles desiertas, las casas fantasmas y los perros compitiendo con la infinita cantidad de taxis no disponibles para hacer el viaje por el lado oeste de la ciudad. Hay algunos aventureros que, sin vida que les importe, sin nada que perder, echan cualquier viajero y hacen cualquier viaje como si fuera el último. Esas son las personas que uno suele reconocer como verdaderas: las que viven sin preocupaciones, manteniendo el presente como frente de guerra, dispuestos a morir contra el tiempo hacedor de la historia, en el segundo más próximo que pueda herir su existencia. Aquel taxista era mucho más que esas personas, pues no solo se ganó mi respeto, sino también mi miedo.

Partí cercano a la medianoche con la mente perturbada, como siempre, por el vehículo que me llevaría hasta mi casa. Doce kilómetros al Reparto Loma Verde dolieron veinticinco pesos de mi mesada. Nada caro para ser la hora que me tocó. Pero en esas circunstancias y a esas horas uno no suele pensar en las consecuencias de un viaje largo y barato.

“Buenas noches” fueron palabras suficientes para generar un ambiente de confianza con el taxista y las damas que le acompañaban en el asiento trasero. El primero, tez morena, pelo crespo y despeinado, no dejaba de pasarse la mano sobre la boca, cual fiera sedienta de sed esperando la última gota de agua. Desaliñado, no inspiraba mucha confianza, mucho menos el carro: un Toyota station wagon blanco, sucio de smog, ruidoso y saltarín, cual si los residuos de la suspensión hubieran quedado en el último bache. Por su parte, las damas del asiento trasero, voluptuosas y sudadas, parecían conocer al chófer del taxi hace tiempo, lo cual se notaba en el silencio cómodo que demostraban con su presencia.

No había recorrido el taxi quinientos metros cuando se detuvo para bajar a una mujer, menos gorda que las otras pero igual de cansado su cuerpo. En ese momento, me percaté que no solo sería el cliente, sino también el copiloto, dado que al no servir el freno de emergencia, ni el encendido del carro, ni las ventanas traseras, tenía que bajarme yo a abrir la puerta a toda persona que bajara o subiera por las puertas traseras. Ahí mismo me di cuenta también que las damas del asiento trasero no eran clientela cotidiana del taxista, sino empleadas de ese proxeneta que, detrás del volante, escupía palabras grotescas para apurar el paso de las trabajadoras comerciales del sexo. La noche apenas empezaba para el taxista y yo.

Recorriendo las óbitas calles de la capital, las llantas del taxi parecían soltarse con cada hoyo que se encontraba en el pavimento. De pronto, ya no se respiraba el mismo aire. La sola imagen de quién sabe qué cuerpo pudo haber estado en el mismo sitio donde me encontraba yo en ese instante me repugnaba al punto de querer saltar al vacío, en la desierta calle de La Tenderí. El recorrido era predecible: entraríamos en la Gasolinera de la estación policial Ajax Delgado hasta adentrarnos en las profundidades del Mercado Oriental, pasando por el sector de los huelepegas para dejar a las señoras que laboriosamente atendían el llamado de libidosos clientes. Luego seguir el camino, por las mismas calles defectuosas del Oriental hasta salir, casi encima de los tramos, a Carretera Norte por el semáforo de ENABAS.

Solos ahora, él y yo, pensé que lo peor que podía pasar era que recogiera a más prostitutas. “Después de todo, tiene dos empleos”, pensé yo, “y nada mejor que aprovechar el mismo medio para cumplir con su meta de trabajo”. Pero no. Lo peor estaba por venir, no sin antes entrar en más confianza conmigo, como si los burdos comentarios sobre el sexo femenino me hiciera sentirlo como un amigo de antaño. Y luego, la gota que derramó el vaso: el sueño fue la excusa más sonsa que pude haber escuchado en mi vida para el último gramo de coca. Y así, sin chistar, sin detener el vehículo, con una velocidad y maniobralidad impresionante, el taxista desenvolvió la bolsa con una mano, luego de haberla sacado de un escondite secreto debajo del tablero del carro, estiró un trozo de papel que sacó como por arte de magia, y antes de pensar en el tiempo que me tomaría abrir la puerta del carro, tirarme a la calle, rodar lo suficiente, recibir algunos golpes producto de la caída, recuperar el sentido y correr lo suficiente hacia un lugar lo bastante iluminado esperando no ser asaltado, el taxista ya había aspirado el polvo blanco.

De haber sabido que todo eso y más pasaría, habría preferido pagar más por un taxista que me hiciera esperar más tiempo del necesario y pagarle más de lo justo. Importante fue la decisión de pedirle al final de tal viaje que me dejara a tres cuadras de mi casa. No me gustaría que un tipo como ése conociera dónde vivo, mucho menos sabiendo que cerca existe un burdel. No es que deba asumir que tenga trabajadoras en ese sector -lo cual dudo mucho, dado que esos mundos se manejan por sectores, y el susodicho chófer parecía trabajar solo del lado oriental de la ciudad-, aunque uno puede esperar cualquier cosa después de una experiencia como ésa, pero prefería prevenir antes que lamentar un horrendo crímen, que fue lo único que se me pasó por la mente al pensar que le había dado mi dirección a ese desconocido. Al menos me sirvió de lección: ahora, nunca doy mi dirección completa y prefiero caminar media cuadra o más antes que cualquier conductor hurgue, con su vista, en la intimidad de mi hogar.

Eran las doce y cuarto de la noche e iba camino a mi casa con un taxista proxenete y drogradicto que no le importaba aspirar sus cuantos gramos de cocaína enfrente de sus clientes. Pasando, entonces, por San Antonio, precisamente por el Charli’s Bar, se le ocurre al jefe de la pandilla del barrio parar el automóvil para ir a comprar droga a Acahualinca. Claro que de eso no nos daríamos cuenta mi persona y el otro joven recogido minutos antes y a quien le tocaría, seguro, peor suerte en su viaje hasta Ciudad Sandino, sino una vez arriba el pandillero y dispuesto a contar su historia: sus amores, sus lacayos, su poder y el respeto que exigía por parte de los demás miembros de esa cabina de 5 pasajeros. El taxista, como perro de pueblo, se sentía a la par hablando con el joven mafioso.

Y así, terminamos en el Barrio Acahualinca, comprando marihuana en el expendio que cita, irónicamente, media cuadra al lago del Centro de Prevención del Delito de la Policía Nacional. Y como si la pesadilla no acabara, el taxista ha decidido esperarlo a las tres cuadras del mismo, en el lugar de los hechos donde más cerca de la muerte me pude haber sentido. No creo que alguien disfrute tener un cuchillo improvisado de la persona que dice protegerte a escasos centímetros de tu cara, tentando al niño huelepega que, con un picahielo en su mano empuñada, espera cualquier distracción para atacar a la persona más cercana que tiene en ese automóvil lleno de riquezas y tesoros para él: yo.

Mientras vivo los minutos más estresantes de la noche, el pandillero camina tranquilo por las calles de uno de los barrios más peligrosos de Managua, como si paseara por Metrocentro realizando compras navideñas, hasta llegar a la puerta del carro, no sin antes expulsar al drogadicto que acosa mi vida con una piedra. Un pequeño gesto y el terror o respeto que inspirara tal joven fueron suficientes para alejar el peligroso cuchillo de mi rostro, que suponía defenderme del picahielo a más de tres metros de mi. En el camino de regreso al bar para dejar al joven que rabiaba por armar un churro, éste pudo desestresarse alardeando del poder que poseía, como jefe de la pandilla del barrio.

Aquella noche perdida del 2006, me despedí del taxista con el mismo “Buenas noches” de cuando me monté, solo que esta vez muchos pensamientos, más turbios todavía, pasaban por mi cabeza. Con la mente más perturbada que de costumbre, no pude imaginarme lo que le esperaba al otro chavalo que iba a dormir hasta Ciudad Sandino luego de “hacer la visita”. Seguramente el viaje valdría unas cuantas polvorientas excusas más.

Abril, 2009

Publicado por

Rodrigo Rodríguez

Sociología. Comunicación social. Entusiasta TIC (adicto y paranoico). Activista del #SoftwareLibre. #BerenjenaLover. Cleterx. Me gusta desarmar cosas.

7 comentarios sobre “El taxista”

  1. NO se si lees todos los comentarios, pero he sido bastante explicito.
    Diusculpa si no los dirigi especialmente a ti, pero hay un par ademas de ti con las mismas posiciones.

    Te hice el señalamiento, en este primer comentario , para equiparar parte de tu comentario, que creo fue bastante inapropiado.

    “Tal vez si leemos tus escritos podemos instruirnos, Gabriel, porque tus comentarios dejan mucho que desear…”

    Para la proxima trata de comentar el tema , los insultos ni de adorno sirven.

  2. Y esto es lo que tu podrias anteponer a mis ideas ??

    Decir cuatro cosas sin entrar en materia se ha vuelto costumbre de los que no tiene argumentos para discutir.

    Sos como los que prefieren las telenovelas a por lo menos una buena pelicula.

  3. Excelente!!!! La verdad es que corremos riesgos a cada rato, en taxi, en bus o lo que sea!!! mejor caminemos hahahaha, es bueno para la salud!!!

    Sos un gran escritor!!! te adoro!!!

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